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Mateo 10, 37-42. Sube a la cruz con el hermano que sufre y despréndete de ti mismo para hacer a los demás, una cruz más llevadera.

Del santo Evangelio según san Mateo 10, 37-42

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá".

Oración introductoria

Señor, cuánto me cuesta ver la cruz en mi vida. Me da miedo que se presente en mi vida, sobre todo cuando estoy acomodado a lo bueno que me puede ofrecer el mundo. Ayúdame a verte detrás de cada cruz en mi vida y dame la fuerza necesaria para vencer en los momentos en los que me da miedo estar solo.

Petición

Señor, hazme fiel a tu amistad y jamás permitas que me separe de ti.

Meditación

La pasión dolorosa del Señor Jesús suscita necesariamente piedad hasta en los corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del amor de Dios por cada uno de nosotros. Observa san Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16). Cristo murió en la cruz por amor. A lo largo de los milenios, muchedumbres de hombres y mujeres han quedado seducidos por este misterio y le han seguido, haciendo al mismo tiempo de su vida un don a los hermanos, como Él y gracias a su ayuda. Son los santos y los mártires, muchos de los cuales nos son desconocidos. También en nuestro tiempo, cuántas personas, en el silencio de su existencia cotidiana, unen sus padecimientos a los del Crucificado y se convierten en apóstoles de una auténtica renovación espiritual y social. ¿Qué sería del hombre sin Cristo? San Agustín señala: «Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido» (Sermón, 185,1). Entonces, ¿por qué no acogerlo en nuestra vida? (Benedicto XVI, Viernes Santo, 10 de Abril de 2009).

Reflexión apostólica

Jesús encontró a un cireneo que le ayudó a llegar, porque tenían miedo de que se les muriera en el camino; yo, al igual que él, puedo ayudar a que mis hermanos lleguen a Dios en lugar de crucificarlos con mis palabras y obras. Sube a la cruz con el hermano que sufre y despréndete de ti mismo para hacer a los demás, una cruz más llevadera.

Propósito

Ayudar a mi hermano en lo que necesite. (Hacer un favor con una sonrisa)

Diálogo con Cristo

Señor, ayúdame a ver la claridad de tu luz, aun detrás de la cruz. Que no sea ciego a tu amor, a tu fidelidad, a tu constante intervención en mi vida. Que ante tantas “lucecitas del pecado”, que me ofrecen una felicidad incierta, brille ante toda tu luz en mi vida. Y que, con mis obras, refleje tu luz, para que mis hermanos puedan alabarte y servirte también a ti.

Llevar el yugo de Jesús es suave, si piensas que es una distinción y no una carga. (San Ambrosio, Ps. 118 Serm. 3, 6)


Por: Irving Sánchez | Fuente: Catholic.net

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