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Patrono de los Obispos de América. Fue un firme defensor de los indios. Convocó 13 sínodos regionales y fundó muchas parroquias
Hoy también se festeja a:

Martirologio romano: Santo Toribio de Mogrovejo, obispo de Lima: de origen español y experto en derecho, fue elegido para este cargo y enviado a América; donde, movido por un gran y ardiente celo apostólico, visitó a pie y varias veces, su vasta diócesis que le fue confiada; durante los sínodos reprendió con dureza los abusos y escándalos en el clero; catequizó y convirtió a los nativos, hasta que, en el poblado de Saña, en el Perú, encontró el descanso final.

Es patrón de los Obispos misioneros y abogado de los indígenas

Resumen: San Toribio de Mogrovejo (1538-1606) fue llamado al episcopado como laico, mientras él era un abogado en la Universidad de Salamanca y pertenecía a la corte de Felipe II de España. Gregorio XIII en 1580 lo envió a Lima, Perú. Tenía 42 años de edad. Llegó a la oficina el año siguiente y de inmediato comenzó una intensa actividad misionera. En sus 25 años como obispo organizó la Iglesia peruana en ocho diócesis y pidió diez sínodos diocesanos y tres de carácter provincial. En 1591, en Lima, surgió el primer seminario del continente americano. Estimuló el cuidado de las parroquias por los religiosos y era muy estricto con los sacerdotes. Fue un firme defensor de los indios. Murió en una capilla remota en el norte del país. Santo desde 1726
Biografía

Toribio nació de una familia noble en Mallorca (España), en 1538. Estudió Derecho en las Universidades de Coimbra y Salamanca. Tenía 40 años y fue presidente de la Corte de Granada, cuando el Señor le tenía preparada una gran sorpresa. El rey Felipe II, quien tenía conocimiento de sus grandes cualidades, propuso al sumo pontífice, el papa Gregorio XIII, que nombrara a Toribio como Arzobispo de Lima.

El Obispo que primero lo iba a ordenar de sacerdote le propuso darle todas las órdenes menores en un solo día, pero él prefirió que le fueran confiriendo una por una cada semana, para así irse preparando. Todo pasó muy rápido y fue elevado a la dignidad de un simple Laico a obispo de la Santa Iglesia. Así son los caminos de la Providencia.

San Toribio de Mogrovejo llegó a su arquidiócesis en mayo de 1581. En un primer momento tuvo que lidiar con la decadencia espiritual de los colonizadores españoles, y con algunos sacerdotes que no tenían una actitud correcta. El nuevo arzobispo ataca el mal en su raíz. Muchos de los delincuentes, con vicios intolerables y escándalos públicos, estaban tratando de justificarse a sí mismo:
  • "Hacemos lo que se acostumbra a hacer aquí"
  • "Pero Cristo es la verdad, y no los trajes que usan", respondió el santo

Con la energía y, sobre todo, por su ejemplo personal, pone fin a los abusos. Uso adecuado de trajes, y promovió la reforma del clero.

En poco tiempo, el ex abogado se convirtió en un catequista distinguido que evangelizó a los indígenas en forma sencilla pero con gran pasión. Caminó tres veces en visita pastoral por todo el amplio territorio de su arquidiócesis, viajando incansablemente miles de kilómetros. Visitaba chozas miserables, hablaba con los indígenas fugitivos, les sonreía con gesto paterno y agradable, les hablaba con amabilidad en sus propios modismos y costumbres y los conquistó así para Cristo. 

Una intensa vida misionera

Las tres visitas pastorales la ocuparon más de diez de sus veinticinco años, como obispo. Convocó y presidió trece sínodos regionales de obispos. Reglamentó y perfeccionó la catequesis de los indígenas e imprimió los primeros libros publicados en América del Sur: el Catecismo en español, quechua y aymara. Fundó un centenar de nuevas parroquias en su arquidiócesis.

Todo esto sin comprometer de ninguna manera el punto fundamental de todo apóstol auténtico: su propia vida espiritual. Llamó la atención de todos los que habían vivido con él su intensa vida de devoción, a la que dedicó muchas horas de oración diaria y reflexión

San Toribio convirtió a miles de indígenas y por si fuera poco, tuvo la gran satisfacción, y no tiene precio, de confirmar a tres santos: San Martín de Porres, San Francisco Solano y Santa Rosa de Lima.

Murió durante su última visita pastoral, en una pobre capilla a casi 500 kilómetros de Lima. Dándose cuenta que ya se acercaba su momento, comenzó a recitar el salmo 122: "Me alegré cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor." Eran las 15.30 horas del 23 de marzo 1606, de un Jueves Santo, cuando expiró en completa calma y paz.

Benedicto XIII lo canonizó en 1726 y Juan Pablo II lo proclamó patrono de los Obispos de América Latina en 1983.

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