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Predicó a innumerables pueblos el evangelio de arrepentimiento y de la venida del Señor



Martirologio romano: San Vicente Ferrer, sacerdote de la Orden de Predicadores, de origen español, fue un misionero incansable que viajó de ciudad en ciudad predicando la paz y la unidad de la Iglesia. Predicó a innumerables pueblos el evangelio de arrepentimiento y de la venida del Señor, hasta que en Vannes, lugar de Bretaña Menor, Francia entregó su espíritu a Dios.

Resumen: "Durante treinta años, el maestro Vincente va de un país a otro a través de Europa, montado en un sencillo burro, tanto en invierno como en verano, vestido con los trajes de los dominicos. Como Jesús, fue seguido por una inmensa multitud de pobres, mujeres, niños, clero, campesinos, teólogos, duques y duquesas. Nació en Valencia en 1350, Vicente vivió en la época del Gran Cisma de Occidente. Se encontraba en el medio de una división que amenaza el liderazgo de la Iglesia. Todavía era un joven dominico, cuando se dio cuenta de que la Iglesia tenía más necesidad que nunca de la Restauración de la Unidad y la reforma moral. Entonces comenzó sus actividades de prédicación. En 1394 su protector, el cardenal de Luna, que se convirtió luego en el Papa Benedicto XIII, y este lo nombró su confesor y capellán nacional de la Penitenciaría Apostólica. Su actividad se intensificó en 1398, pero cayó enfermo y tiene una visión en la que el Salvador se le aparece acompañado por Santo Domingo y San Francisco. El Señor toca su mejilla y le ordena que viaje y conquiste muchas almas. San Vicente emprende campañas de predicación en España, Suiza y Francia, en la que habla del Anticristo y el juicio final. De este modo contribuye decisivamente a acabar con el cisma y la mejora de la moral. Murió en 1419 en Vannes.
Biografía

Nació este gran taumaturgo en la ciudad de Valencia el 23 de enero de 1350. Su padre, Guillermo Ferrer, era notario y la casa natalicia de Vicente, a quien le fue impuesto ese nombre por haber nacido el día de San Vicente Mártir, estaba cerca del convento de los Padres Dominicos.

Alguien podía calificar su nacimiento de mal agüero, ya que nace cuando la llamada «peste negra» asolaba las ciudades y conventos. Pero él se salvó y a los diecisiete años, el 5 de febrero de 1367, vestía el hábito de dominico emitiendo sus votos al año siguiente. Otra lacra que heriría casi mortalmente a la Iglesia sería el tristemente célebre Cisma de Occidente en el que llegaría a haber dos obediencias o Papas y después tres. San Vicente se verá envuelto en lo más recio de la tormenta, pero siempre luchará denodadamente para que brille la verdad y la justicia.

Los escritores de la vida de Vicente la llenan de milagros convirtiéndole, sin duda alguna, en el mayor obrador de ellos. Parece ser que éstos ya empezaron en su mismo nacimiento pues su buena madre, llamada Constancia, antes de darlo a luz recibió luces especiales de la santidad y fama que acompañarían a su hijo. Y así fue, pues la historia confirma que sí, que obró milagros, y que fue un valioso instrumento en las manos del Señor en este campo, pero quizá no tantos ni tan llamativos como sus biografías nos traen.

Se entregó de lleno a los estudios en los que sobresalió por su nada común inteligencia y, sobre todo, por su arrebatadora elocuencia que arrastraba a cuantos le oían. Hechos los estudios, fue nombrado catedrático en varios Conventos de Estudios Generales de su Orden: Valencia, Barcelona, Lérida y en universidades de diferentes poblaciones llamando a todos la atención por su enseñanza, por su elocuencia y, sobre todo, por la santidad de su vida. Sus discípulos aumentaban cada día y querían seguirle a todas partes para enriquecerse con sus enseñanzas y con sus ejemplos.
Una visión del Señor

Pero sobre todo Vicenteserá conocido en los siglos posteriores por su predicación arrebatadora. Son muchos los pueblos y ciudades de España y del extranjero que señalan una iglesia o un balcón desde donde el Santo dirigió su ardorosa palabra y donde realizó hechos prodigiosos.

Su actividad se intensificó en 1398, y estando en Aviñón cayó muy enfermo, y en la agonía de su enfermedad tiene una visión en la que el Salvador se le aparece acompañado por Santo Domingo y San Francisco. En la que, El Señor, tocando su mejilla, le dice:

"Levántate y ve a predicar mi evangelio por todos lados y conquiste muchas almas para mí, avisa a los hombres del peligro en que viven y anuncia el día del Juicio. Yo seré siempre contigo"

Desde entonces, San Vicente intensifica su camino de predicación, recorre la mayor parte de Europa como Legado del Papa Benedicto XIII, y predica incansablemente el amor de Jesucristo y la vivencia de los preceptos del Señor. Sólo le interesa una cosa: Llevar las almas a Cristo. Y esta sociedad desgarrada y materialista, en que le ha tocado vivir, que vuelva a Jesucristo para que se viva de acuerdo con el Evangelio. A todos hablaba en valenciano y todos le entendían. Parece que también gozó del don de la bilocación ya que simultáneamente estaba en Valencia y en París o Londres. A pesar de este trabajo abrumador aún le quedaba tiempo para escribir preciosos tratados de vida espiritual, que nos ha legado.

Entre sus apostolados uno sobre todo tenía muy hondo en su corazón: el trabajar por la conversión de los judíos. Dicen que sólo en Valencia bautizó más de diez mil. Le seguían multitudes de hombres y mujeres detrás del Crucifijo y de la imagen de María que él lleva en todas sus correrías apostólicas. Él, humildemente, exclama: «Todos acuden a la luz, sin importarles la lámpara». La profecía del Señor iba a cumplirse. Le dijo un día: «Allá en el extremo de Europa morirás santamente». Era el 5 de Abril de 1419, en Bretaña

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